Despierto
muy temprano, y como todos los días, me doy un buen baño para terminar de
despabilarme; después le doy una arregladita a la barba para verme más guapo (como
siempre), después me aplico cremitas, desodorante, perfumito; luego de vestirme
regreso al espejo para darle la última checada a la negrísima cabellera y demás
adornos naturales que Dios me dio… y quedar dispuesto para ir a cumplir con las
obligaciones del día.
Subo al carro, arranco el motor mientras me miro de nuevo en el espejo retrovisor para
verificar si efectivamente estoy guapo (jajajaja puro coto) y ¡cieeelos! Cuando
quiero meter las velocidades ¡nada! ni
para adelante, ni para atrás, derecha, o izquierda ¡que las velocidades no
entran!
¡¿Ahora quien podrá defenderme?! Grité
pidiendo auxilio al “Chapulín colorado”.
Sabiendo que éste no llegaría, tendría que tomar la alternativa entre
hacer funcionar el vehículo, de faltar a mi trabajo, llamar un taxi, o ir a esperar
el democrático camión.
Checo el reloj, veo que aún es temprano, bajo
del carro y decido caminar hasta llegar a la avenida mientras meditaba un plan
de arribo al trabajo; en lo primero que pase me voy… Más tardé en pensarlo en
que llegó el camión urbano.
Lo abordo, aún habían asientos disponibles, me
instalé en uno de ellos y así, sentadito traté de evitar estresarme por todo lo
que ya me estaba abrumando; el desperfecto de mi vehículo, cuánto me costaría
la reparación, además del insoportable tráfico. Como distractor observaba a las personas que subían y bajaban del
democrático; de entre el gentío que subía a la “guagua” distinguí al hermano de
una amiga que subió con su pequeña hija para llevarla a la guardería. Los
saludé y mientras platicábamos noté que la pequeñita se divertía con los
zangoloteos y el zigzaguear del camión cuando pasaba baches tras bache tratando
de esquivarlos, ¡cieeelos! Al menos ella se divertía (que envidia).
A
cada esquina que llegábamos, subía más gente y más gente hasta a llenarse,
digo, hasta repletarse. Desde mi asiento de la parte trasera pude ver a
aquellos libidinosos que veía en programas de humor por tele, esta vez en vivo
y a todo color… aprovechándose de los zangoloteos y el zigzagueos, a fuerzas trataban
de pasar de extremo a extremo entre las damas -que estaban agarradas del pasamanos- restregándoles sus
miserias y riéndose entre ellos (que poca); pero como todo mundo tiene prisa y
están con los ojos pendientes al reloj y hacia las ventanillas, cuidando no
pasarse de sus respectivos destinos, las damas no se percataron que fueron víctimas
de un “ataque sexual discreto”.
También pude darme cuenta de la sordera del
chofer, o se hacía al sordo, porque le gritaban… ¡bajan!... ¡bajan! y el chofer, tragando rebanadas, -como
decimos los cuates- siguió de largo
hasta llegar al siguiente paradero para subir más pasajeros mientras por la
parte de atrás bajaban los que habían pedido la parada un paradero antes,
furiosos le recordaban la mamacita al cafre del volante.
Continué viendo
los rostros de cada usuario, hasta que mi mirada se topó con un par de
jovenzuelos que estaban subiendo; con
los pelos parados y tatuajes en los
brazos ¡cieeelos! Creo que igual quedé
como ellos, peliparado cuando los vi. “No hay que dejarse llevar por las
apariencias” pensé, tratando de calmarme, pero por si las moscas oculté mi ipad y mi inseparable cámara fotográfica
jajaja
Para no
hacerles más largo el cuento, les platico que por andar de chismoso, cuando me di
cuenta por dónde íbamos ¿qué creen? ya me habían pasado más de diez cuadras a delante de mi destino.
¡cieeelos! ¿y ahora qué hago? Salté de
mi asiento y grité desesperado… ¡bajan!… ¡bajan”!
Lo bueno que me escuchó el chofer, si no, me
hubiera regresado al lugar donde subí. Paró el camión. Avancé hasta alcanzar la
puerta de salida deslizándome como Michael Jackson entre la multitud, por lo resbaladizo que estaba el piso.
Logro
bajarme y a caminar a paso veloz, muy al estilo del capitán Pedraza, Raúl
González y Ernesto Canto. Caminé rápido y furioso jajajaja, desde la Av. López
Mateos hasta la altura de los portales del centro, cerca de ahí está mi centro
de trabajo. Exactamente llegué a la hora
de entrada, 8:00 am, ¡uf! creo
definitivamente que participaré en competencias de caminata, aprovechando el
involuntario ejercicio matutino, a menos que componga pronto mi invaluable
vehículo, jajaja.
Como dicen
los cubanos “lo que sucede conviene, chico”. Este baño de pueblo me permite no
olvidar la situación de tantos campechanos que viven que jándose de lo
deteriorado de las calles, la necesidad de más y mejores unidades de servicio y
de sus cafres del volante; La neta se pasan… y ¿si agarro un taxi mañana? Ya
les contaré.

